Estaba escuchando La foule.
Es una canción más que alegre; es prometedora, carnavalesca. "Como pa' bailarla en un vals descordinado".
Pero el dolor del pecho no se lo arrancaba nadie... ni la potente voz de la Édith Piaf.
Pensó en la cagada que quedaría cuando saltara. Era horario punta, el tren se detendría, un montón de gente llegaría tarde.
Pero le importaba una raja. Porque él le importaba una raja a la sociedad.
Se vino todo el viaje pensando que cada persona que lo miraba sabía qué planeaba. Escondía sus ojeras bajo su capucha; la hinchazón de los ojos pasaba piola si se dedicaba a mirar sus converse verdes.
- Señores pasajeros, estación Vicente Valdés, lugar de combinación con línea 5...- habló la conductora por el citófono. Él tomó su mochila, llena de sus cuadernos llenos de rayones para no olvidar.- Tenga precaución con la separación que existe entre el tren y el andén.
"Precaución mis nalgas", pensó.
Con la mochila en la espalda, caminó lento, pero seguro, entre la multitud de oficinistas guatones; viejas patulecas perfumadas con las muestras de las revistas Avon; hippientos estudiantes universitarios, con dreadlocks y un característico olor a yerba seca; y sus amados lastarrinos... maricones y colas no asumidos incapaces de notar que él sí valía. Que lo ofendían a diario ignorándolo. Aunque en el fondo él sabía que tenían sus razones... que todos tenían razones para desdeñarlo.
Ralentizó el paso conforme sus pensamientos avanzaban, y de a poco fue sintiendo cómo su mochila le pesaba más y más. Cada reconcomio le agujereaba el cucharón, le perforaba las pantorrillas, le taladreaba la espalda con esa mochila verde que tenía que morir con él ahí abajo.
Tomó la escalera mecánica, y más decidido que nunca dobló la esquina para combinar al andén que vomitaba gente.
Con paciencia avanzó hasta el frente, miró al mismo guardia de todas las mañanas, y con eso aprovechó de mirar a la gente que lo vería morir... "puros pasteles".
Puros pasteles menos uno. El niño de su lado.
Medían aproximadamente lo mismo. Lo que le resultaba muy llamativo, porque rara vez veía a a un hombre tan bajo como él. Se notaba que llevaba unos días sin afeitarse, pero su barba era ridícula, tres pelos todos cagones.
Estaba usando una gorra café con visera y tenía lentes negros. "No es feo", pensó.
Tenía unas ojeras enormes. Se notaba a leguas que no había dormido en toda la noche. "No es nada de feo", volvió a pensar.
-¡Precaución con el tren!- gritó el guardia a todo el andén. El momento se acercaba.
Escuchó unos gritos detrás, gente quejándose, de seguro. Sintió cómo se movía la multitud hacia adelante.
"Si siguen empujándome así, no será necesario que salte". Los gritos aumentaron, la gente se conmocionó un poco. Al niño de la gorra café se le cayó algo. Ambos lo vieron caer y se miraron a los ojos. "Acá está, me agacho para recogerlo y salto", planeó.
Lo que no previó, fue que el chico de la gorra café se agachó también a recoger su pertenencia, que resultó ser una buena cantidad de hojas de una libreta pequeña, enrolladas en una cinta verde fosforescente. Y para cuando el niño de la gorra café intentó ponerse de pie de nuevo, sus piernas o la gente conmocionada empujando desde atrás lo llevaron directamente a la línea justo dos segundos antes de que el tren le pasara por encima.
Un silencio sepulcral ocupó la estación.
Manuel se quedó con el rollo de hojas en las manos mientras la Édith terminaba de cantar.
Et je crispe mes poings, maudissant la foule qui me vole
L'homme qu'elle m'avait donné et que je n'ai jamais retrouvé...
L'homme qu'elle m'avait donné et que je n'ai jamais retrouvé...
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