- Debería saber qué decirte...- dijo él mirando los detalles de las imperfecciones del cielo blanco del edificio.
Ella guardó silencio, con un nudo enorme en la garganta.
- ¿Sigues ahí?
- Si.- ella cerró los ojos para que las lágrimas acumuladas cayeran.
- ¿Por qué lloras?
- Porque me duele. Porque no deberíamos estar así.
- ¿Así cómo?
- Así separados por una puerta. Así hablando sin mirarnos a la cara. Así queriendo querernos, como si nuestra vida fuera parte de un ridículo juego con reglas enfermizas que te dicen qué hacer y qué no.
- Sabes perfectamente que no tienes que quererme si no quieres.
- ¡No quiero querer quererte Manuel!
- Entonces yo estoy perdiendo mi tiempo acá en el pasillo.- él se puso de pie, dispuesto a marcharse.
- Déjame terminar...- sentenció ella. Él volvió a sentarse en el suelo.- Dije que no quiero querer quererte, pero lloro de la impotencia que se siente no poder controlar mis sentimientos. Porque aunque no quiera, te necesito más que cualquier otra cosa en el mundo.
- Sigo sin ver el problema.
- El problema es que me pierdo, que me entrego a ti con tanta fuerza que ya no me siento dueña de mi misma. Y si no me tengo a mi misma, ¿qué mierda es lo que me queda?
-Supongo que te quedo yo. Y haré todo lo posible por ser suficiente.
Ella sacó su cabeza de entre las rodillas y se quedó mirando el cielo blanco del edificio.
- Debería saber qué más decirte.- dijo él.
- No es necesario. Ya supiste qué decirme.- le respondió ella para abrir la puerta de su departamento.
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