Es como de niño chico (¿qué es ser niño chico?). El mismo tropezón, los mismos rollos, la misma costumbre familiar -y heredada- de mentirme a mi mismo, de evitar la verdad cuando ésta es más que evidente. O al menos seleccionar las verdades en las que quiero creer y cuales tapar y no ver. Pura conveniencia propia, y al final, es pura paradoja, porque no me conviene pensar que te gusto, ilusionarme con la idea de que algún seremos felices y comeremos perdices.
Ya no sé ni para qué me ilusiono, o en verdad, sí, sé perfectamente para qué: me ilusiono porque mi realidad me desiluciona, y como necesito creer en algo... como necesito tener esperanza para no morir de sequedad o algo así, entonces, me aferro a cualquier cosa... incluso a mentiras desilucionantes que no me convienen, incluso a imposibles.
La misma piedra, el mismo porrazo, la misma herida, la misma costra, el mismo imposible. El más imposible de los imposibles del lugar; el más imposible de todos los imposibles; el más maricón y rompe-ilusiones de los imposibles; el más nocivo de los imposibles; el más hermoso de los imposibles; tú, imposible.
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