El niño no siguió escribiendo, se detuvo por que sus manos se encontraban cansadas; su piel exhausta, su cerebro que había recorrido lo suficiente buscando sinónimos, estaba también fatigado de tanto pensar.
Dejó el lápiz encima de la mesa adornada por una hermosa vela encendida; arrojó el papel rayado con innumerables vivencias, historias, y cuentos, hacia el papelero; y tapó la tinta para que no se secara cuando éste volviera -porque lo haría-.
Se levantó de su cómoda silla y lanzó un suspiro que apagó la habitación.
Sólo se apagó habitación.
Más claro que metáfora de un Ashito.
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