7 de mayo de 2012

Sin sentido: tres o cuatro meses.

Los árboles pasan a su lado tan rápido, que por un momento siente que su entorno es el que está corriendo en dirección opuesta, mientras que él permanece inmóvil mirando avanzar la oscuridad del bosque a las dos de la mañana.
Ciento diez.
Había metido la llave sabiendo exactamente lo que quería: adrenalina. Y la situación es idónea. Una noche con niebla, y una carretera vacía.
Ciento veinte.
Sólo en la mitad de este trayecto rígido hacia un destino fatal, se pregunta porqué hace lo que hace, ¿por qué no puede levantar el pie del pedal? ¿qué cosa lo lleva a ignorar la peligrosidad de la situación? ¿qué es lo que exactamente lo hace arriesgar su vida? ¿por qué busca el suicidio?
Ciento treinta y cinco.
Se le ocurre sacar el pito que lleva guardado en la guantera unos tres o cuatro meses desde aquella noche en la que folló con la tipa de los ojos verdes.
Ciento cuarenta y ocho.
El auto sigue en línea recta mientras él enciende, decidido, el opio que se transformaría en el puente roto hacia el abismo, la muerte segura. Pero no es suficiente, no veía ninguna curva que lograse matarlo. 
Aprieta el pedal, ciento setenta.
Música fuerte, The end of heartache suena con los parlantes a todo volumen, despedazando la calma del mar de hojas secas que taponan el pavimento luego de la lluvia y el viento de esa mañana.
Doscientos.
Aspira humo, marihuana seca con olor a guardado, saborea, mastica, traga, bota. Le extraña la ausencia de cuerpo policial.
Doscientos quince.
El pito hace efecto, la carretera se le desdobla, gira un poco el volante, para seguir en su pista. El humo inunda la cabina, abre la ventana. Aire.
Doscientos veinticinco.
Una quemada, y se responde.

- ¡Surrender, I give in, another moment is another eternity!

Piensa que nunca debió dejarla ir, que nunca debió correrle la silla en la primera cita, que nunca debió tocarla en el aniversario, que nunca debió entrar a esa Universidad, y elegir esa carrera y mirarla y conocerla. Nunca debió enamorarse de esos ojos verdes. Nunca debió hablarle o tratar de conquistarla.
Doscientos cuarenta.
Humo y dolor de pecho. La ventana deja entrar un frío que lo siente propio, que está más cálido que su corazón. Cierra los ojos y por fin encuentra lo que estaba buscando. 

- I'll be waiting for the end of my broken hea...- murmuró justo antes de que las ramas de un árbol le atravesaran el corazón, o eso con lo que cargaba en el pecho desde hacía unos tres o cuatro meses...

 completion.

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