- Hace muchos años que duerme. Y no hay caso con despertarla. Olvídate de eso.- habló la vecina de negro.
- Yo creo que en algún momento tiene que abrir los ojos, y darse cuenta que al estar echada ahí, sin hacer algo productivo, no lo ayuda en absoluto. Una cosa por otra, y él harto que la ha ayudado en el pasado, siguiendo órdenes, acatando todo lo que ella decía.- susurró la vecina de blanco, mirando desde el pasaje hacia la casa amarilla.
- Complicado, porque usted sabe que es re egoísta la cabra esta, y aunque la ayuden, se le olvidan esas cosas. Borra todo de su mente, y como si nada hubiese pasado, sigue pidiendo tiempo para pensar. Como si tuviera otra función en la vida.
- Pero el cabro es re güeno, usted misma ha visto cómo siempre se arrepiente de sus errores.
La vecina de negro miró dubitativa mientras la de blanco aspiraba el humo del cigarro que lentamente se consumía en su mano izquierda.
- Con lo mala de adentro que es, capaz que le saque en cara esos errores. Si se acuerda de las cosas que le convienen no más.
- Tan re tonto que fue el cabro este al engancharse así de una mujer tan re penca.- se lamentó la vecina de blanco, conforme botaba el humo de la última piteada.
- Bien tonto, pero yo la culpo a ella.
- Yo no... no la culpo a ella, si nació así. Y no es como si él la hubiese elegido, porque en el fondo, ella y él son uno solo, y aunque ella sea egoísta y él errante, tendrán que aprender a convivir juntos.
- Complicado Blanquita.
- Súper, mi negrita. Pero si llevan 17 años intentándolo, ¿por qué no podrían lograrlo?
- Por eso mismo, porque llevan 17 y no han logrado nada.
- Si que han logrado pos' mi negra. Harto que han logrado. Por ahora, lo único que tendría que hacer la cabra esta, es despertarse, y decirle al cabro qué cosa hacer. Si así funcionan. Una manda, el otro obedece. Y no puede ser de otra manera.
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