4 de febrero de 2012

Sin sentido: Asesi-no.

Acribilló la carne con un frenesí desesperanzado.
La sangre que brotaba de cada herida, de cada agujero que creaba en la piel de su víctima, no le devolvería a su madre, o a su padre, y mucho menos a su pequeña hermanita.
Pero nada perdía con probar, y con el corazón lleno de asco siguió clavando el filoso cuchillo de cocina en el cuerpo del que dijo ser su mejor amigo.
Era una historia compleja, llena de irregularidades, mentiras que nunca comprobó, pero su actitud, siempre impulsiva, jamás calculadora, y en ese momento, llena de frialdad, no se tomó el tiempo de efectuar un largo proceso de auto convencerse de que él no mentía.
Un simple yo no lo hice no bastaba. Nada bastaba. Nada excepto su muerte, que, luego de haber logrado su cometido, notó que tampoco fue suficiente.
Su alma seguía vacía y hueca igual que como estaba antes de irrumpir violentamente en la casa, matar al perro y apresurarse en entrar a la habitación del fondo, donde dormía plácidamente el culpable de sus penurias.
- Ten piedad...- musitaba el cadáver.
- ¡Tú no la tuviste!- se agitó- ¡Los mataste como si no los hubieras conocido! ¡Eran mi puta familia!- gritó para adentro de la habitación mientras buscaba la parafina líquida que guardaban en la cocina.
Acto seguido, comenzó a esparcirla por el cuerpo ya muerto, pero que seguía clamando por un poco de misericordia. Si bien su mente se agudizó, no pudo evitar empapar sus mangas y piernas con el combustible.
- Es cierto que no tuve piedad.- guardó silencio con los ojos profundamente cerrados.- Pero si los maté, es por lo que tú me dijiste.
- ¡Yo no te dije una mierda!
- Claro que le hiciste, pronunciaste claramente frente a mí: "los negocios, son negocios"...- el cadáver miró el armario- Diez grandes, llévatelos, pero déjame a mi morir tranquilo.
Para cuando él se dio vuelta, el mejor amigo extrae un encendedor de su bolsillo, y presiona fuertemente el botón que acciona la llama.
La casa estalló diecisiete segundos después, momento exacto donde el asesino abre los ojos para encontrarse cómodamente acostado sobre su cama, con el pijama oliendo a parafina, y la sangre de su mejor amigo sobre la almohada.

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