5 de febrero de 2012

De nuevo.

Quedarme pegado es un lujo que no me he tomado estos días.
No vivo al cien por ciento, pero si intento no pensar mucho en muchas cosas. Por miedo a caer en la desesperanza y que, por unos minutos, aunque sean unos cuantos minutos, se me olvide que te recuperaré con el tiempo, y comience a llorar como lloraba hace unas tres semanas atrás.
Todavía no me acostumbro a la idea de que han sido menos de dos meses, pues para mi, para mi alma, para mi mente, han pasado siglos, y siento que tus recuerdos cada vez se vuelven más obtusos, lentos, y borrosos.
Te necesito, mucho. Pero no me atrevo a decírtelo porque pienso que, con solo escribirlo, te presiono a que apresures las cosas, y, en la madurez, la idea no es esa. La idea es sentarse y esperar a que las cosas se calmen. Esperar a que pase la tormenta.
Creo que nunca te lo dije de esta manera, pero estoy dispuesto a amarte contra viento y marea.
Tengo que acostumbrarme a la idea, también, de que ya no hay demasiados peligros.
Te entiendo, y agradezco que hagas el intento por entenderme a mi.
Por sobre todas las cosas no olvides que en mi corazón tu estás, tan hundido y tan escondido, que ni un par de amenazas fueron capaces de encontrarte y sacarte. Tan a gusto, que incluso mi razón te protege.
"El corazón conoce razones que la razón desconoce", dice un dicho que apela a hacer locuras por amor. A volverse loco por ese adictivo sentimiento. Yo te amo, y si tengo que perder la cordura por ti -otra vez más-, lo hago.

gracias, y, de nuevo, te amo.

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