No vivo al cien por ciento, pero si intento no pensar mucho en muchas cosas. Por miedo a caer en la desesperanza y que, por unos minutos, aunque sean unos cuantos minutos, se me olvide que te recuperaré con el tiempo, y comience a llorar como lloraba hace unas tres semanas atrás.
Todavía no me acostumbro a la idea de que han sido menos de dos meses, pues para mi, para mi alma, para mi mente, han pasado siglos, y siento que tus recuerdos cada vez se vuelven más obtusos, lentos, y borrosos.
Te necesito, mucho. Pero no me atrevo a decírtelo porque pienso que, con solo escribirlo, te presiono a que apresures las cosas, y, en la madurez, la idea no es esa. La idea es sentarse y esperar a que las cosas se calmen. Esperar a que pase la tormenta.
Creo que nunca te lo dije de esta manera, pero estoy dispuesto a amarte contra viento y marea.
Tengo que acostumbrarme a la idea, también, de que ya no hay demasiados peligros.
Te entiendo, y agradezco que hagas el intento por entenderme a mi.
Por sobre todas las cosas no olvides que en mi corazón tu estás, tan hundido y tan escondido, que ni un par de amenazas fueron capaces de encontrarte y sacarte. Tan a gusto, que incluso mi razón te protege.
"El corazón conoce razones que la razón desconoce", dice un dicho que apela a hacer locuras por amor. A volverse loco por ese adictivo sentimiento. Yo te amo, y si tengo que perder la cordura por ti -otra vez más-, lo hago.
gracias, y, de nuevo, te amo.
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