La ventana del metro venía empapada, y por eso mismo él, fascinado por el exquisito frío que hacía, y la comodidad que tenía en ese vagón vacío de día domingo en la tarde, reía sin mucho preámbulo. Sus carcajadas llegaban como algo fortuito, sin precedentes.
- ¿Dónde estás?- habló por el teléfono aquél que le ocupaba el corazón.
- Línea 4A, llego en unos veinte minutos más.
- Te espero.
"Así es, me esperas", pensó.
Esperar es en gran parte lo que él necesitaba que le hicieran. Una esperanza, más los minutos mirando el túnel del metro, significaba que lo querían, que algo sentían, que algo sacrificaban por verlo.
Era cierto que ya se había vuelto rutinario en cierto sentido, pero incluso hasta el más mínimo detalle diferente y único, se había hecho compromisorio al momento de entregar algo espontáneo durante el día.
Le aterraban los dèjá vú, no porque creyera en el destino, sino que porque se le llenaba la cabeza de una idea que le aseveraba que su vida se volvía monótona, toda igual, y que por eso sentía que ya había vivido eso antes.
Pero con su novio era distinto, era nuevo, era contemporáneo y vanguardista. Para él, besarlo de nuevo, significaba enamorarse de nuevo de esas millones de glándulas salivales que explotaban en su boca haciéndoles sentir a ambos que el mundo de alrededor no existe. Que solo son ellos dos.
Y fuese donde fuese: en una escalera de emergencia -de un condominio o un estacionamiento-, en un peladero junto a la carretera, entre las uvas de un viñedo, en un parque en Quilín, o incluso, en la Plaza de Armas, con todos mirándolos, ese beso que compartían era de ellos y como si una fuerza extrema emanada desde sus labios expulsara a todo ser viviente cercano o mirón, nadie los molestaba. No existían disturbios, ni contratiempos.
Eran ellos dos. Él y él. Su beso. Y obviamente, la lluvia de ese frío día de Invierno, ese magnífico día de invierno.
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