4 de octubre de 2011

Sin sentido: memoria.

Las doce en punto marcaron en el reloj, y toda la parafernalia de cucús viejos y añejos comenzó a sonar.
La tacita de café estaba a una altura perfecta, con el tinte exacto, y la delicada cuchara formaba parte de una armónica fotografía que como todas las anteriores de su vida, se quedó grabada en su cabeza. En el fondo, era la rutina la que le permitió utilizar su memoria como un disco duro de computadora que a los 90 años de uso, seguía funcionando tan bien como en el momento en que se construyó.
Era una viejita arrugada; fríamente, un saco de huesos medio oxidados que seguían andando por esa casona en Inglaterra. Las cosas seguían igual, todo era igual.
O al menos todo intentó ser igual hasta el momento en que ella mira ese sillón vacío frente a la mesa de centro de aquella sala con vista a un precioso bosque que recubría la mansión. Ese sillón que se vació en el '44 en plena Segunda Guerra Mundial.
Le dijeron que su marido murió en el Hospital de campaña, con honores y que sería recordado por la Patria por siempre. Pero ella sabía perfectamente que todo eso eran solo mentiras, su cerebro de 90 años le decía que su marido murió a manos de un Nazi, y que la Patria, sea quien sea esa extraña y renombrada mujer, al contrario de ella, no tenía memoria, porque la Patria nunca amó a su marido, nunca dijo "acepto" frente a un altar, y nunca, nunca lo esperó en la habitación del ventanal durante 70 años sentada en un viejo sillón de cuero con una tasa de té en las manos.

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