8 de agosto de 2011

Sin sentido: Oniria.

Un día en la mañana, bien temprano, partió a cortarse el pelo.
La niebla cubría todo, escuchaba voces, gente que hablaba en la lejanía, como si algo malo pasara, veía luces alteradas entre lo gris. Gente que corre con sus hombros levantados, encogiendo el cuello, como almejas.
Su gabardina ante un viento que no corría pero que él si imaginaba, y mirar al suelo, siempre. Un extraño con su mismo impermeable que se cruza frente a él gritando como si lo torturaran. Aunque iba tan concentrado en su historia que hizo caso omiso. Se sentía como un inspector privado, siguiendo las huellas de un alguien que nunca existió, con una lupa ininteligible descubriendo huellas de millones de años atrás.
La nariz le ardía de respirar tanta humedad fría, y su pelo -largo ahora, pronto a ser cercenado por una profesional- se quejaba de lo gélido de aquél ambiente.
-Llegas a la calle principal, a la izquierda sigues derecho, cruzas, verás una banca hecha de madera y al frente un cartel de neón, en esa casa está la peluquera, es bien buena, se llama Jeannette, salúdala de tía, y no le preguntes sobre sus cicatrices en las muñecas, porque nadie sabe si se cortó o no las venas, tu cuéntale sobre tu vida, sé amable.- repetía una y otra vez.
Las palabras de su madre le ayudarían mucho, era un asco conociendo gente, siempre hablando del tabú de la otra persona. Alguien con mente abierta no tiene sentido de bueno o malo, solo son temas para él.
Entonces llegó. La calle principal, la izquierda, la añosa banca de madera, el cartel de neón y la casa de la peluquera. Llamó al timbre, y abrieron la puerta eléctrica.
Cada paso suyo era un sonido metálico en ese barrio alejado de la vida social. El barrio maldito.
Jeannette era vieja, tenía unos sesenta años, pero suficiente dinero para arreglarse su cara que no era arrugada. Así y todo, las manos a uno lo delatan, y mientras tu cara dice que no, tus manos dirán que mientes. Y las manos de ella decían sentirse cansadas, manchadas, arrugadas y maltratadas.
-¿Cómo lo va a querer?- lo distrajo la vetusta mujer.
-Escolar.- la cortó.
-Perfecto.
Y comenzó el ritual de exterminio de su cabello: de debajo de un extraño mueble extrajo una caja enorme con unos cincuenta artefactos para torturar a alguien. Empezó por tomar las tijeras. Se acercó de nuevo al chico y violentamente arrancó un mechón de cabellos sin la ayuda de las tijeras, sino que con forcejeos que terminaron por romper parte de su casco.
La anciana aplicó alcohol que quemaba como un fósforo encendido sobre su piel, y que al contacto con ésta terminaron por derretirla.
Él, gritando, llamó la atención del vecindario que en pocos minutos acudió para ayudarlo, sin embargo, en la desesperación del momento solo pensó en correr por entre la niebla y desaparecer. En el camino, se cruzó con alguien que usaba su misma gabardina, una almeja que miraba al suelo con cara de investigador privado.

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