3 de febrero de 2011

The big C.

La madre permanece sentada en la cama de su hijo. Aprovecha que no está en casa para desahogar todo su dolor. Su marido muere, la enfermedad se lo come, y está tan degradado ahora que es casi irreconocible.
Un cigarro, rasgar el fósforo contra la caja, fuego, luz, calor, acercar la minúscula llama al porro, succionar humo, dejar que entre, intoxique los pulmones. Disfrutar del pseudosuicidio lento del fumar.
Ruido, el hijo ha entrado con su patineta luego de tener un agradable tiempo junto a sus amigos.
El niño, aunque es pequeño, entiende que algo le sucede a su padre, no tiene idea qué, pero algo deben significar todas las lágrimas que derrama su madre a diario.
La madre asustada por que el hijo la vea con el maquillaje corrido se limpia, pero es inútil, ya ha comenzado a llorar otra vez, y no se detendrá hasta dormirse.

-¿Qué pasa mami?- pregunta el niño pequeño, preocupado por su joven madre.
-Nada hijo.- responde su madre secándose sus lágrimas.- Estoy un poco enferma.- mintió.

De su bolsillo la madre extrae un pañuelo para sacar definitivamente el maquillaje que la hace lucir horrible y secar un poco su cara chorreada de lágrimas. El niño abandona la habitación.
Se pone de pie y va al cuarto matrimonial, ahí se encuentra su esposo, durmiendo, con la cara de la que ella se enamoró; siente que casi ya había olvidado esa expresión luego de meses de verlo sufrir.
El niño regresa con algo en sus manos, pastillas.

-No sé si sirvan mamá, pero espero que te sientas mejor.

La madre rompe en lágrimas otra vez, y con una mano abraza fuertemente a su pequeño, mientras con la otra acaricia su vientre por el inminente futuro de un nuevo integrante de la familia.
Alguien que abandona la casa, otro que llega más tarde.

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