Resulta que cuando llegó navidad, ni yo, ni mi familia estabamos preparados -en años previos siempre había una preparación para navidad-.
Mi madre no había escrito la carta al niño Jesús; mi padre no había comprado ni un solo presente; mis hermanas no habían dicho una sola vez el nombre del viejo barrigón y yo no veía nieve por ningún lado.
La cosa es ésta, no había navidad para ese año, ese año se nos fue la navidad de la sangre, del espíritu. Viendo a millones de personas a diario con parcas, guantes, mitones y bufandas, y nosotros viviendo verano en camiseta y mis hermanas en daisy dukes.
Personas en las calles con regalos enormes, con monumentales rosas hechas de cinta, rebosando de alegría por una suerte que mi familia parecía no compartir; y nosotros paseando en auto de camino a un hogar sin luz alguna.
Resulta que cuando llegó año nuevo, no hubo abrazos, ni congratulaciones. No hubo champagne, ni pepsi con helado; sólo un sillón vacío, con la televisión encendida y la colilla del cigarro aún humeando sobre la mesa.
1 comentario:
Quizás lo importante no era tanto en lo material, si no mas bien estar unidos como familia que son.
Cariños.
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