Se subió en Santa Ana, pero yo lo vi en Bellas Artes. Iba vestido con pitillos que terminaban en un par de chapulinas negras. Era delgado, rico, minísimo. Cada cinco minutos se miraba en el vidrio del tren, que por la oscuridad del túnel, reflejaba su cara de niño de dieciséis, su oscuro y crespo pelo amalgamado con gel (o mousse), y su sonrisa, que miró, por cierto, sólo dos veces antes de salir a la luz un poco después de Irarrázabal. Una vez afuera, sin túnel ni espejo, comenzó a mirar a la gente que iba en el vagón. Juraría que yo estaba con los lentes oscuros, con esos con los que ni cagando se me ven los ojos. Aún así, me miró, y casi como por misticismo, sentí que sabía que llevaba unos cuantos minutos mirándolo, porque me sonrió. Le devolví el gesto con timidez, bajé la vista y me saqué los lentes. Para cuando levanté la mirada, ya no estaba ahí, apoyado en el rincón.
- Te ves triste.- me dijo por la oreja izquierda. Yo me sobresalté un poco, no sé cómo apareció de pronto a mi lado.- ¿Está todo bien?
- Si.- respondí sin pensar. Él sonrió.
- Ni tú te crees eso.- me sonreí al escuchar su respuesta.- ¡Qué linda tu sonrisa!- agaché la cara, me picaban las mejillas, debí haber estado más rojo que la cresta.- ¡Y te sonrojaste! Aparte de lindo, tierno.- nos reímos juntos. La gente nos miraba.
- Gracias.- le respondí por fin.
- No, no es necesario darlas. ¿Qué te apenaba?
- Hueás' que pasan.
- No pueden ser hueás' si te apenan. Dale, cuéntame. Por ahí dicen que hace bien contarle tus problemas a un desconocido.
- Es que...- me callé un poco. Pero luego de unos minutos, comencé a vomitarle toda la información decible entre lo que queda de Rodrigo de Araya y Vicente Valdés. Ahí mismo, me dijo que iba en dirección Tobalaba.
- Pucha.- me lamenté.- yo voy hacia el otro lado.
- Entonces, para la otra será pues.- me tomó el brazo.
- Pero, oye, ¿no tienes celular o algo?
- No, pero no te preocupes. Nos veremos de nuevo.- me sonrió achinando los ojos.
- ¿Y por qué sabes eso?
- Por la misma razón por la que supe que podría hablar contigo. Por la misma razón por la que no me bajé en Baquedano para seguir en dirección a Los Dominicos, que, de hecho, era lo que debía hacer. Se que te volveré a ver por la misma razón por la que me dio la perso' para hablarte.
- ¿Y cuál es esa razón?
- Te volveré a ver porque me gustó buscarte, y supongo que es una oportunidad demasiado buena como para no luchar por encontrarte.
Me quedé mirándolo perplejo con una sonrisa hueona' en la cara. No despegué mis ojos de sus zapatillas hasta que se me perdieron en la multitud. Entonces busqué sus rulos, que desaparecieron calmados detrás de una pared de la estación
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