25 de mayo de 2012

Sin sentido: amor de metro.

Llevaba unos jeans ajustadísimos, pero se veían bien. Había aprendido a aceptar las patas flacas. Por encima del lente miró con desdén las zapatillas que usaba, grises, y sin vida, más grandes que sus piernas. Desentonaba totalmente, y como siempre, se quedó ahí, pegado en las zapatillas.
Sólo cuando levantó la vista se dio cuenta que el dueño de las zapatillas lo miraba a él también, entonces retiró sus ojos del susodicho, y miró directamente hacia la ventana, tocando su cabello para pasar desapercibido.
"¿Cuánto rato le he estado mirando? ¿Se habrá dado cuenta, o quizá fue sólo un reflejo?". Miró otra vez, y el de las patas flacas seguía con los ojos fijos en su cara.
Comenzó a ponerse nervioso, porque no le agradaba ser observado. Él era feliz siendo invisible, pasando desapercibido, y su estatura -mínima- le había sido más que útil para cumplir ese objetivo.
Volvió a mirar, y esta vez el chico lo miraba con una sonrisa en la cara... entonces notó lo lindo que era, y lo bien arreglado que estaba su cabello.
En un lugar como el Metro de Santiago no hay lugar para ser profundo, y el amor está en la superficialidad, en mirar a aquél o aquélla que te ha llamado la atención por un tema de portadas, no de contenidos.
El chico de las patas flacas también se arregló el cabello, y lucía cada vez mejor. La expansión en la oreja izquierda era un toque increíble que adornaban su rostro en vez de arruinarlo. Sólo entonces el chico se voltea, y él logra notar que su ceja derecha está perforada con un surface cromofílico... un arcoiris.
El estómago se le recogió, y los ojos le brillaron.
Del sudor de las manos se le resbaló la mochila. Se sentía tonto mientras el otro chico seguía mirándole.

- Señores pasajeros, estación común Vicente Valdés, lugar de combinación con línea cinco, se les ruega precaución entre la separación tren-andén.- vociferó el citófono en la pared del metro.

Bajó con la mochila, firme esta vez, y vio cómo el chico de la expansión lo seguía. Repetidas veces miró hacia atrás para confirmar que seguían en la misma línea.
El jugueteo continúo toda la línea cinco, una estación tras otra, mirarse a los ojos, mirarse por el reflejo de las ventanas, rozarse las manos, sonreír, y volver a mirarse.

- Señores pasajeros, estación Baquedano, lugar de combinación con línea 1, por favor precaución con la separación que existe entre el tren y el andén.

Él miró como el chico de la expansión tomaba su mochila, y se disponía a bajar. Entonces hizo lo inimaginable.

- Acá mismo a las seis de la tarde.- pronunció el patas flacas, y las puertas del gusano de metal se cerraron. Él se sonrió.

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