Se imaginaba con su chaqueta de fuerza arrodillado en un rincón mirando una acolchada habitación que lo penetraba con cada palpitar de su corazón. No podía abrazar sus pantorrillas y quedar como un feto, un recién nacido indefenso listo para que alguien viniese y lo tomase con cuidado y delicadeza mostrándole el cariño que necesitaba. No podía abrazar sus pantorrillas.
Y luego el silencio que le calaba los oídos. Y la oscuridad que le seguía presionando el corazón y destruyendo sus ojos de a poco.
Desde pequeño le tuvo terror a la oscuridad, pero ya no. Se supone que había crecido, y conjunto con su maduración cayó del árbol para golpearse fuertemente contra el suelo, machucarse y ser despreciado como una fruta podrida. Y como fruta, sin pantorrillas, tampoco podía quedar como un bebé.
Volvía a imaginarse en el rincón de aquella eterna caja de cartón, viendo cómo grotescamente sus compañeros eran devorados por mujeres opulentas llenas de anillos de oro y collares de cristal, riéndose en su cara por mantenerse solo. Y le escupían la sangre de sus amigos muertos.
Eran ellos los que se reían de la situación, como una broma, y le afirmaban que era algo pasajero, sin embargo, no sabían que él, había probado casi todo lo falso de la lujuria, todo el placer de la no-vida, las maravillas del inframundo y el precio a pagar era la soledad, el vacío y un enorme hueco en su corazón.
Ahora no le preocupaba toparse con algún ser paranormal en la oscuridad, ser la fruta descompuesta, o ser incapaz de retroceder a su nacimiento.
Asumía su castigo, y es que él mismo había podrido su vida.
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