15 de julio de 2011

Sin sentido: Broma.

Desde pequeño siempre le tuvo terror a la oscuridad. Caminar a ciegas y toparse con un ser de otro mundo, algo paranormal que le mostraría su horrible cara causándole un trauma que lo dejaría loco en un manicomnio para toda la eternidad.
Se imaginaba con su chaqueta de fuerza arrodillado en un rincón mirando una acolchada habitación que lo penetraba con cada palpitar de su corazón. No podía abrazar sus pantorrillas y quedar como un feto, un recién nacido indefenso listo para que alguien viniese y lo tomase con cuidado y delicadeza mostrándole el cariño que necesitaba. No podía abrazar sus pantorrillas.
Y luego el silencio que le calaba los oídos. Y la oscuridad que le seguía presionando el corazón y destruyendo sus ojos de a poco.
Desde pequeño le tuvo terror a la oscuridad, pero ya no. Se supone que había crecido, y conjunto con su maduración cayó del árbol para golpearse fuertemente contra el suelo, machucarse y ser despreciado como una fruta podrida. Y como fruta, sin pantorrillas, tampoco podía quedar como un bebé.
Volvía a imaginarse en el rincón de aquella eterna caja de cartón, viendo cómo grotescamente sus compañeros eran devorados por mujeres opulentas llenas de anillos de oro y collares de cristal, riéndose en su cara por mantenerse solo. Y le escupían la sangre de sus amigos muertos.
Eran ellos los que se reían de la situación, como una broma, y le afirmaban que era algo pasajero, sin embargo, no sabían que él, había probado casi todo lo falso de la lujuria, todo el placer de la no-vida, las maravillas del inframundo y el precio a pagar era la soledad, el vacío y un enorme hueco en su corazón.
Ahora no le preocupaba toparse con algún ser paranormal en la oscuridad, ser la fruta descompuesta, o ser incapaz de retroceder a su nacimiento.
Asumía su castigo, y es que él mismo había podrido su vida.

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