Es difícil pensar en soluciones con tantos problemas bombardeándome el cerebro.
Es difícil pensar qué decisiones tomar, cuando, en gran parte, yo no soy el que las tomará.
Y luego aparece este miedo a perderte -tildando el hecho de que nunca te he tenido-, este miedo a jamás llegar a poseerte. A que nunca nada funcionará como queremos que funcione, porque, aceptémoslo, tenemos vidas absolutamente distanciadas, unidas únicamente por un frágil sentimiento que crece con cada mirada a una pantalla... a una pantalla.
Y luego aparece este miedo al futuro. A un futuro difícil, donde las oportunidades se cierran, y como suele pasarme, me avispo cuando todas las puertas están cerradas, y por ninguna entra nada, ni un hilo de luz, y le temo a la oscuridad, mucho.
Y luego aparece este miedo a no tener un futuro, a equivocarme, a cometer muchos errores, a perder, a caerme, y no recordar cómo levantarme, porque no tengo memoria, porque sufro de alzheimer juvenil, y cuando tengo el lápiz en la mano, no recuerdo el momento en el que lo eché a la lapicera, y entonces el lápiz ya no está en mi mano, había estado en la lapicera todo este tiempo... todo este tiempo.
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