12 de enero de 2011

Soñar contigo.

Excluyendo la incoherencia que de por sí se adhiere a mis sueños -como por ejemplo ver saltar al cuarto medio dos mil diez, desde el segundo piso del colegio, y quedar sin ningún tipo de lesión- saqué una conclusión anexa: no me despedí de ti.
Le di el abrazo al pololo de mi mejor amiga, le di otro abrazo a una chiqui-tita que solía ser media lunática conmigo -digamos que por compromiso- pero te vi pasar, o eso creo, y no logré despedirme de ti.
Soy lento para mis cosas, y con ésto me doy cuenta cuánto; porque solo hasta esta tarde noté que ya no habrá otra oportunidad de verte, y saludarte como te saludaba, y créeme que tenía ganas de decirte adiós. Excluir todas nuestras diferencias, toda la palabrería sucia que usaste en mi contra, y abrazarte, sentir tu hipnotizante aroma -ese del gorro que se me olvidó devolverte una vez-, y desearte suerte en tú futuro. Después de todo fuiste mi primer amor.
El primero de TODOS los amores que he tenido.
Te extrañaré bajista; y sé que tú a mi no, pero lo haré. Y aunque estoy seguro de que nunca llegarás a leer ésto, y mucho menos sentirte identificado, lo escribo como un desahogo, como un consuelo, para callar la increíble necesidad de mi corazón de haberme despedido de ti. Tal vez ahora los desesperados suspiros cesen.

Y pensar que te encontré horrible con ese pañuelo gringo
Y pensar que te amé como nunca imaginé a amar a nadie.

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