Con las manos increíblemente tensas se posiciona fetalmente para comenzar a pensar con todas sus fuerzas en las palabras mágicas que conoce de Dios. Teme a su propia mente, teme el hecho de que ésta vaya a pronunciar la frase maldita. Y estando solo a las tres de la mañana -la conocida hora muerta- se mata del miedo intentando recordar alguna situación jocosa que lo sacara de ese lío.
Entonces imagina hechos completamnte eróticos con alguno que otro compañero que le parezca atractivo y de inmediato la exitación lo retira de ese peligroso pensamiento.
Suspira profundamente y vuelve a pedir a Dios por ganas de dormir. Ésta vez, se limita a correr su almohada con los ojos cerrados, y apoya cómodamente su oreja derecha contra el colchón para conciliar su tan anhelado sueño.
La cosa es, que como si aspirara nitrógeno, su mente produce terribles alucinaciones; tan irreales como sus necesidades, pero que su subconciente le hace sentir intensamente vívidas y absolutamente indeseables.
La cortapluma que le rodeaba el cuello lo hizo gritar con fuerza para despertar a las diez de la mañana, tieso, y con el corazón agitadísimo. Mira el reloj para verificar la hora, y ya nota los rayos de sol que se cuelan por entre la cortina conchevino que su madre había puesto. A él le agradaba que su habitación quedara oscura. Así no tenía que despertarse tan temprano en vacaciones.
"Un té antes de dormir", se dijo para sus adentros intentando calmarse; entonces volvió a apoyar su oreja derecha contra el colchón y concilió el sueño hasta las dos de la tarde.
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