28 de junio de 2010

Egoístamente existente.

... y así cuando lo creyó todo perdido, cuando sentía esa amarga nostalgia en el pecho, que le comunicaba que las cosas no eran necesariamente difíciles, que podía seguir adelante, se rindió.
Se entregó por completo a los brazos de la vergüenza y la epifanía del más débil.
Desde entonces, sus ojos no vieron nunca más el rastro de luz. Pasaron los meses, los años, los lustros, las décadas; ni rastro de sus sensaciones psicológicas.
Le faltaba su mitad, aquel que lo acompañaba en sus largas caminatas por el bosque, y que le entregaba todos y cada uno de sus cabellos rojizos manchados por el polvo de las pérdidas ancestrales.
Era aquél que lo hacía ver la luz cuando acechaba la tormenta.
No era su mejor amigo, y tampoco lo necesitaba como un mejor amigo, solamente lo necesitaba, cerca, egoístamente existente.
Dijeron que andaba cerca de Brazil.

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