Un joven y dedicado testigo de Jehová predicaba la palabra de su religión, por que a él le encantaba hacerlo, se sentía seguro y sentía que aportaba mucho esparciendo la palabra de su Dios.
Muchas veces pasaba por la casa del señor anti-testigos, sí, así le llamaremos.
Un día, osado y lleno de valentía, el jóven y dedicado muchacho decide llamar a la puerta del señor anti-testigos.
-Buenos días caballero, me preguntaba si podía hablar unas palabritas con usted.
-Eres testigo de Jehová, no es así?- respondió el hombre, amargamante para demostrar poco interés.
-Así es señor.- respondió con una sonrisa el muchacho.
-No te acerques a mi casa!- farfulló el hombre.- Si vuelves por acá, te mato!
El muchacho se retiró sin decir una sola palabra más.
Luego de unas semanas, y convencido por su religión, el muchacho decide enfrentar de nuevo al señor.
-Buenos días caballero, me preguntaba si podía hablar unas palabritas con usted.
-Ya te dije que si te veía de vuelta acá, te mataba!- gritó mientras sacaba un arma de dentro de su casa.- Yo cumplo mis palabras!- apretó el gatillo con el arma apuntando al muchacho.
El cadáver del joven cayó en el pavimento, y los acompañantes no tardaron el acusar al hombre como autor del homicidio.
Aquél hombre pagó su sentencia en la cárcel, y luego de unos años volvió a su hogar.
Un día cualquiera un anciano de aquella religión testigo de Jehová, se acercó a conversar con el hombre.
-Buenos días caballero, me preguntaba si podía hablar unas palabritas con usted.
-Lo lamento señor, yo no quiero hablar con usted, me avergüenza hacerlo.- admitió el hombre sin salir de su casa.
-Puedo preguntar por qué?- respondió interesado el anciano.
-Por qué yo he cometido un error fatal para con su religión, señor.
-Nada es tan terrible, que ha sido?
-He asesinado a un hermano vuestro.- admitió con mucho dolor en su voz.
El anciano señor reflexionó por unos instantes la noticia recibida.
-Eso a mi no me importa.- admitió.- Yo no soy nadie para juzgarlo, y yo creo que usted debería aprender las palabras de Jehová.
-Lo lamento señor, pero yo no puedo hacer ésto.- cerró su puerta mirando por la ventana como el anciano se alejaba a paso lento.
Durante días, semanas y meses el anciano continuó volviendo a la casa del hombre, consiguiendo de esa manera, que poco a poco, el hombre fuera aprendiendo lo que era la religión Testigo de Jehová.
-Debería comenzar a asistir a nuestras reuniones en el salón del reino.- dijo un día el anciano intentando convencer al hombre.
-No podría, siento vergüenza de lo que he hecho, querido amigo. No podría.
-No deberías, si realmente te sientes arrepentido, Jehová te perdonará, todos cometemos errores.
-Lo sé, pero aún así...- guardó silencio durante unos minutos.- Si yo supiera que el padre de aquel joven muerto por mí, si supiera que el padre de ese joven me ha perdonado, mi conciencia estaría mucho más limpia, y yo podría asistir a las reuniones.- Dijo llorando.
-Tu tranquilo.- le dijo el anciano con una sonrisa en la cara.- Yo ya te perdoné...
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